El Señor Jesucristo

¿Quién es Jesús? ¿Por qué lo estimamos tanto?

La clave para el éxito en la vida no se halla en un refrán, una disciplina, un concepto, una doctrina, o una creencia, sino en una persona: Jesucristo, el hijo de Dios.

El deseo y el enfoque de los apóstoles luego de los tiempos de Jesús en el primer siglo quedaron manifiestos. El Apóstol Pablo escribió:

No pasemos por alto lo completo y poderoso que es el evangelio de Jesús para toda falta o problema que existe en la vida. Dios ha preservado su Palabra hasta el día de hoy porque su mensaje es el único de esperanza y verdadera salvación. Veamos por qué:

Existen varios conceptos en cuanto a la persona de Jesucristo. Entre ellos, el que fue un hombre importante entre varios en la historia en los que se revelan cosas bonitas acerca de Dios o de la esencia de la vida. Ante todo esto, la Biblia declara:

Su venida corporalmente al mundo fue necesario para nosotros, debido a la universalidad del pecado. El hombre fue creado para amar y servir a Dios. En seguida transgredió la ley que Dios le había impuesto en el Huerto de Edén, provocando que se desencadenaran las consecuencias del pecado que sentimos hasta el presente: sufrimiento, temor, muerte, separación de Dios.

A veces nos preguntamos:

La respuesta breve es que creó al hombre para que a su Dios lo amara. El amor, para ser verdadero amor, nace de la voluntad de uno. Dios espera que elijamos amarlo ante la alternativa real de no hacerlo. Además, el amor de Dios se ve de algún modo glorificado o engrandecido al demostrar su capacidad de perdonar y restaurar al ser humano devastado en cuerpo y alma por el pecado.

Tristemente, la evidencia de que existe el pecado no la encontramos solamente en el periódico del día, sino también en los recintos escondidos del propio corazón:

No hay, según Dios, hombre justo por naturaleza, o que se haga justo por su propio esfuerzo, o que tape su condición con una capa falsa de religiosidad. Todos nos constituimos pecadores y, como tales, estamos bajo condenación.

Estando nosotros en esta condicion desesperante, entró al mundo el Hijo de Dios, Jesucristo. Vino como el Cordero de Dios para ser el máximo y último sacrificio por el pecado. Casi 800 años antes, Dios había advertido del trabajo que vendría a hacer Su Hijo:

Lo que logró en Su muerte y resurrección fue la redención completa y eterna del alma.

El resultado, para quien cree, es el perdón incondicional del pecado. Al recibir por fe la salvación que Dios nos ofrece en Su Hijo, nos gozamos de la seguridad de que, al morir, iremos a estar con Él eternamente. He aquí, la promesa de Jesús:

Además de tener arreglado el destino eterno del alma, Dios nos otorga una vida nueva en el presente.

Ahora, sí, contamos con guía para nuestras vidas, consolación en las angustias, y fuerza en la tentación como nunca antes. Bajo la tutela del Señor Jesus hay plena paz y llenura.

¿Cómo puede uno apropiarse de esta gracia?

El profeta Isaías preguntó, ¿Quién ha creído? Isaías 53.1?

Esta gracia no es para quien se haya portado bien.

Tampoco es para quien haya hecho muchas cosas en nombre de Dios.

Ni tampoco es para quien haya sido bautizado o recibido algún sacramento. Aquí basta con un solo ejemplo sacado de la narración de la crucifixión de Jesús. El malhechor colgado a un lado de él cree y recibe promesa de vida eterna sin que se le exija ninguna otra cosa. No hubo ni oportunidad ni forma de que se le practicara algún rito o de que él mismo hiciera restitución por el mal que había hecho.

Sino, es para él que cree. La promesa de Dios en esto es alentadora y clara. Quién sea, con la carga que tenga, puede venir a Dios en base a los méritos de Su Hijo y saber que Dios le recibirá. Tan sencillo es que si uno se reconoce pecador delante de Dios, se arrepiente y deposita su confianza solo en el Señor Jesucristo y su sacrificio en la cruz para perdón de sus pecados, ¡hoy será salvo!